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Atlántico, segunda travesía

 

Seis años después volví a cruzar el Atlántico. También de América a España. Lo malo fue que había prisa por traerlo y fuimos demasiado pronto. En lugar de comernos un ciclón nos comimos un montón de borrascas con sus tormentas que bajaban de Groenlandia. Y mucho frío. Montones de veces me han preguntado qué es lo peor que te puede pasar en un barco. Llevar a un imbécil a bordo. Venezolano, nacido en Figueres, Girona, embustero y tramposo. Y cobarde, muy cobarde. Si os lo cruzáis, dadle un puñetazo de mi parte. Él fue el que me pidió que le acompañase a Miami a buscar un “Hunter 47 legend”. No le conocía lo suficiente. Después de mucho negociar y negociar, llegamos a un acuerdo y yo me llevé a Juan. Pescador de El Masnou y una de las mejores personas que he tenido la suerte de conocer. Obviamente, el venezolano dijo que venía con nosotros. Avión de Barcelona a París y de allá a Miami. Él ya estaba, había ido unos días antes con la excusa de preparar el barco y ganar tiempo. Ni lo uno ni lo otro. Un desastre. El barco estaba amarrado en una marina en Virginia Key, justo antes de entrar en Key Biscaine. Si, donde el torneo de tenis. No he visto tantos cubanos juntos por metro cuadrado como en aquellos pantalanes. Y todos ilegales. Vivían escondidos para que nadie les viese. A veces me pregunto si vale la pena salir de tu país, de tu casa, para malvivir. USA no es el paraíso. Tuvimos que vaciar el barco entero para poder ordenarlo y plantearnos la intendencia. De paso, inspeccionábamos el barco a tope. Fue cuando empezamos a “descubrir” al pendejo venezolano. Lo primero que pensamos es que llevaba algún arma en el barco. Le mandamos a buscar unos recambios a la tienda más alejada posible para poder, en ese tiempo, revisar sus cosas y todos los rinconcitos. No llevaba nada raro. En los días que estuvimos en aquella marina aprovechamos para hacer turismo. Le quitamos el Mitsubishi Eclipse ( A quién se le puede ocurrir alquilar un coche deportivo para llenar un barco de todo lo que necesitas para una travesía náutica de 30 días. A un imbécil ) Juan y yo nos fuimos. Yo tenía muchas ganas de volver a visitar sitios ya vistos y de enseñarle los cayos a él. Bajamos hasta Matecumbe y la vuelta la hicimos por una carretera privada, de peaje, a todo lo que daba el coche. Entre pantanos, agua y bichos.

El barco estaba preparado, solo había que cargarlo. Para poder ir más tranquilos, de los tres tanques de aguas negras que llevaba, solo dejamos uno operativo. Los otros dos los clausuramos, solo usaríamos un baño, limpiamos los tanques a fondo y los llenamos de gasoil. Un acierto.

Salimos a probar el barco. Según el venezolano, él conoce muy bien la bahía. Está bajando la marea. Este tío no tiene ni idea. Malo. Vamos haciendo surcos en la arena del fondo con la orza. Media vuelta intentando llegar al amarre sin mayores problemas. Lo logramos. Nos vamos a cenar. Hooters. Coconut Grove. Alitas de pollo y modelos ejerciendo de camareras. Camisetas y shorts de licra pero dos tallas menos de las que necesitan. Casi nos rompen la crisma los de seguridad, armarios roperos, al írsele las manos al venezolano cuando se quiso hacer una foto con una de ellas. Desde aquí a Barcelona será un problema constante.

Buenos días. Me llama un cubano para que me siente al lado de él en un pantalán. Genial. Tiene una manguera de agua y en unos minutos se nos acerca un manatee a jugar con el agua. Me quedo embelesado.

Obviamente hemos aprovechado los días y hemos tomado copitas en Clevelander, en Miami Beach, hemos cenado por ahí, pero hay que salir. Vámonos. Cruzamos por los canales balizados hasta South Beach y allá cargamos gasoil. A tope. Salimos por el “río” a mar abierto. Adiós Florida. Próxima parada, Bermuda’s. Enfilamos directos a la boya que delimita el banco de Bahamas por el NW. Corriente a favor, viento de levante de quince veinte nudos, ola muy bajita, ceñida maravillosa y doscientas veinte millas en veinticuatro horas. A partir de ahí, la premura en la salida, marcará todo el viaje. Temporales, tormentas, problemas, todo lo que se necesita para hacer de un viaje de placer una pesadilla. Y lo peor, un tipejo a bordo. Este barco no lleva mayor enrollable, ni está reenviada a la bañera, y todas las tardes, antes de que anochezca, cogemos dos rizos. Es preferible ir más lento que tener que hacer maniobras a oscuras.


Una de las cosas que he aprendido en el mar es que, cuando vienen mal dadas, no puedes bloquearte. Eso significa no pensar. No resolver. Hay que actuar, hacer lo que sabes hacer, el instinto cuenta mucho, y lo que te han enseñado y has aprendido con el tiempo, también. He pasado montones de tormentas, quizás la peor, a unas 30 millas por el través de Valencia. Me han pillado rachas de más de 50 nudos y olas del tamaño que uno quiera o pueda imaginar. Se me ha caído el palo de un velero y he metido la botavara en el agua en más de una ocasión. Montones de veces he tenido que dar media vuelta y, otro montón, buscar el abrigo más cercano hacia el que pudiese navegar. Lo más difícil de todo ha sido tener que bregar con un cretino. Siempre es el peor de los problemas. Lo malo es darte cuenta tarde, cuando ya has zarpado y lo descubres al cabo de unos días de navegar. Un cobarde nunca es bueno cuando hay que solventar situaciones complicadas. Y yo no soy la persona más valiente del mundo, pero resuelvo. Estoy ahí. Los miedos desaparecen si con calma analizas la situación y buscas como poner remedio.

 

Navegamos rumbo NE. Días buenos y días malos. Suerte que llegar a Saint George son seis días. Tormenta de cuidado antes de ver el faro de Gibs Hill. Ahora le daremos la vuelta por el sur y entraremos a puerto. Hay muy pocos barcos. Vamos demasiado pronto para cruzar el Atlántico. De Europa hacia América tienes mucho margen de tiempo. Es bastante fácil cruzar entre Noviembre y Abril. De vuelta, hay que hacerlo en Mayo. El primero de junio has de estar en Azores, si o si. Trámites de entrada y a buscar amarre. Hay que tener cuidado al salir del pantalán de aduanas y dirigirte al muelle principal. Hay una boya pero el bajo se alarga unos cuantos metros más allá de ella. Como no hay nadie, lo hacemos en el mejor sitio, justo detrás de un catamarán a vela enorme, al cual no para de entrar y salir gente durante todo el día. Un puticlub con bandera francesa. En Bermuda’s está prohibida la protitución. Limpiamos y ordenamos el barco, recuperamos cabos y les quitamos vueltas, turismo y compras. Sentados Juan y yo en el pantalán, aparece una camarera de dimensiones gigantes. Busca al venezolano. El cabrón no ha pagado la cena en el restaurante que tenemos al lado del barco. No sabemos si entregárselo en cuanto aparezca. Le obligamos a que vaya a pagar. Partes meteorológicos bastante malos para salir. En algún momento hay que marcharse y eso hacemos, marcharnos. Al cretino le ha ido de un pelo que no lo desembarcase allí mismo y se tuviese que volver en avión. Me ha prometido que se portaría bien. Ingenuo de mí. Cargados hasta los topes de gasoil, nos vamos. Los primeros días, travesía perfecta. Un cometa, el Hale-Bopp, nos va a acompañar casi toda la travesía a Azores. Y las tormentas, también. Y el de Girona. Consigo aguantar a Juan para que no lo tire al mar. Después de varios intentos nos pilla la madre de las tormentas. Nos destroza la vela de proa, en unonde los gualdrapazos se ha quedado como el chaleco de Bufalo Bill, a flecos, y se nos lleva a toda velocidad hacia el norte. Más de 40 nudos sostenidos y rachas, vete tú a saber. Apagamos el anemómetro. Da lo mismo, estamos ahí y nos la tenemos que comer. A palo seco vamos a una velocidad endiablada que hace que no podamos gobernar el barco en las bajadas de las olas. El servicio meteorológico español, a través de Madrid Radio, nos dice que tenemos para unas nueve horas así. Nos han pasado, además de los normales, partes de aviación. Juan y yo decidimos frenar, ancla de capa, cacahuetes y almendras tostadas, cervecitas y música de Julio Iglesias a tope. El cobarde, como los avestruces, escondido en el saco de dormir dentro de la camareta. Una ola nos tumba, no pasó nada, no llevábamos ni un trocito de trapo, el barco se levantó enseguida. Le oímos dentro gritar. El barco se tumbó sobre babor y todo lo que estaba en estribor salió disparado y cayó sobre él. El aparato de vídeo que él desatornilló de su base le dio en la espinilla. Tuvo mucha suerte. Le habíamos dicho que se tumbara con la cabeza hacia popa en vez de como lo hacía siempre. Eso le salvó, probablemente, de males mayores. No bajamos a ayudarle, que se cure el solito. Y tal como nos atropelló la dichosa tormenta, se fue. Nos quedó una larga, húmeda y gris ceñida hasta la Isla de Flores. Al NW de Faial. Gran decisión. Quizás es uno de los sitios más bonitos que he visto en mi vida. Increíble. Desde el mar se ven los saltos de agua que caen desde las montañas directamente al mar. La isla está envuelta de una niebla permanente. Toda negra, volcánica, con una vegetación exuberante, hortensias por todos lados, con muy poca gente y muchas vacas. Lajes das Flores, en el SE, es el puerto. Nos lo hemos pasado. Al no pensar en parar en esta isla, solo llevamos una carta general y nos hemos ido hacia Santa Cruz, la capital. Media vuelta. Hay que volver a Lajes. Por radio nos ha oído un pescador mientras hablábamos con la autoridad marítima y sale disparado a darnos remolque. Corriente de más de 4 nudos en contra. Poco viento y poco gasoil. Amarramos. Amarras muy largas porque las mareas son de impresión. Unas veces subes al barco y otras bajas. Y, en tierra, igual. Subes y bajas permanentemente. Las vacas pastando en el campo de fútbol. Hay miles de ellas sueltas por todos lados. El puerto, a día de hoy, está muy arreglado. Cuando nosotros estuvimos, más que puerto, parecía un refugio y la explanada, un desguace. La primera noche cenamos en un chiringuito encima del puerto propiedad del pescador que nos remolcó. Después conocimos a todo un personaje. ¿Qué habrá sido de él? El capitano Fraga, también tenía un restaurante, “A’baleeira”. Nos dio de comer, de cenar, nos prestó su furgoneta para ir a comprar gasoil a Santa Cruz y nos llevo a dar una vuelta por la isla. Genial. Cuando amarramos, las defensas que nosotros llevábamos en el barco eran insuficientes para el ir y venir del barco contra el muelle. Eduardo fue a buscar unas prestadas. Unas bolas grandotas. Cuando decidimos irnos de la isla nos dimos cuenta de que no se las habían prestado, se las quitó a los pescadores del puerto que vinieron con muy malas formas a reclamarlas cuando nos íbamos. Normal.

Hay que irse. Nos espera Horta, el Café Sport, un hueco en algún dique para pintar nuestro cuadrito con nuestros nombres y, para mi, la alegría de volver a visitarla. Mar suave, vientos flojos y una ceñida muy llevadera, casi sin bordos, directa hacia Faial. Y el cometa haciéndonos compañía. Este puerto es como una liturgia. Tienes la sensación de que todo lo que haces en él está programado y no te puedes salir del guión. Aunque vinieses cada año, repetirías lo mismo que haces siempre. Tres o cuatro días. Compras de rigor, gasoil y nos vamos. La idea es ir directos hacia la península ibérica, pasando por encima de la isla de Pico, dejando a babor Sao Jorge y Terceira. Como casi no tenemos viento, tiramos de motor y pararemos en Ponta Delgada. Noche, combustible y a navegar. Rumbo de aguja casi E, 90 grados, sabiendo que la corriente se nos va a llevar hacia el sur. Sin problemas. Cabo San Vicente, punta SW de Portugal, y Marina de Lagos en el Algarve. Puerto antiquísimo al que se accede entrando por un río. El cretino me lía una bronca con las autoridades y casi se lo lleva la policía portuaria. Por la noche, Juan, vuelve a intentar tirarlo al mar. En Barbate lo volverá a intentar. Noche de fiesta en un chiringuito del puerto, primero nos hemos metido entre pecho y espalda, para cenar, unos pescaditos regados con “Joao Pires”. Vinito blanco del Alentejo. Salimos. Tiempo maravilloso hasta llegar a Cádiz. Entramos en Puerto América. Muchísimo viento de levante en el estrecho. Después de tantos días por el Atlántico, no tenemos ninguna prisa. Conocemos a Ángel, propietario del “Penduick II” de Moitissier. Con Ángel, el del barco, nos vamos de excursión. Puerto de Santa María. Camarones y manzanilla. Regresamos al pantalán en un estado lamentable. Esperando a unas buenas condiciones para pasar el Estrecho, nos dedicamos a Cádiz. Siempre me ha gustado. Mucho. Hay que moverse. Salimos de la bahía con levante y sin prisa. Por el canal 16 avisan de unas maniobras de tiro desde San Fernando a un barco que está por ahí flotando. Boum, sssssssiii...oimos pasar los pepinazos por encima de nosotros, Pararemos en Barbate, cargaremos combustible y cuando pare el viento para después cambiar a poniente, pondremos rumbo a Tarifa. Desde el pantalán de la gasolinera enfilamos el canal de salida, verde a babor, rojo a estribor, esquivamos la almadraba y -- ¡¡PAF!!-- se ha roto la correa del alternador. Vamos a cambiarla. No hay recambio. El pendejo venezolano nos engañó y trajo las cajas vacías cuando se suponía que las había comprado en Hamilton. Probablemente descubrió algún lugar que no tiene nada que ver con la navegación. Juan lo quiere tirar al mar y darle con el bichero. Consigo que no lo haga pero a cambio, el venezolano, tendrá que ir con el dinghi hasta el puerto a comprar varias. Bajamos la neumática y le montamos el fueraborda. Se va. Una hora. Otra hora. Se ha llevado un walkie pero, por lo visto, lo tiene apagado. Intentamos contactar con el puerto para ver si le ha pasado algo. No saben nada. Aparece. Es tan inútil que al ir hacia el puerto se ha metido en medio de las “boniteras” que hay por los lados de la almadraba hasta que se ha liado con un cabo. Nos comenta que ha cortado los cabos de dicha bonitera.¿Por qué no le habré hecho caso a Juan y lo dejábamos ahí flotando?

A lo lejos vemos un carguero en llamas. Todo él. Hay barcos prestándole auxilio. Empieza a arreciar el poniente y a subir la marea. Bien. Dejamos únicamente el génova y vamos disparados hacia el mar de Serrat, nuestro Mare Nostrum. Puntas de doce o trece nudos. Vibra todo el barco cada vez que pasa de su velocidad de diseño. Brutal. La sensación es de estar “bajando” en el sentido estricto de la palabra. Pasamos cerca del Peñón y enfilamos a Estepona. Hay que comprar las correas que necesitamos, que el personaje, pese a las peripecias, no compró. Montamos una y nos vamos. En Marina del Este, Almuñecar, recogemos al propietario y a la venezolana. Juan y yo solo les acompañaremos hasta Moraira. Allí les dejaremos, estamos muy hartos, y nunca más nos preocuparemos de aquel barco que se portó muy bien con nosotros. Curioso como la menta borra recuerdos cuando “desconectas” del tema.

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