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Siempre, para los que navegamos normalmente por el Mediterráneo, el Atlántico es un monstruo que nos está esperando para devorarnos. Lleno de animales enormes, tormentas y olas salvajes. Al navegar por él, uno descubre que si vas por donde debes y en el momento adecuado, es un mar noble. Te avisa. Se te puede comer, cierto, pero te lo dirá. Si lo respetas y haces lo que tienes que hacer, no te engaña. Los alisios te llevan. Son una autopista que has de aprovechar. Cruzar este océano es una aventura en la que encontrarse a uno mismo. Y vale la pena.

 

 

1991 “Irwin 54” De Miami a Barcelona

 

Cruzar el Atlántico a vela, en cualquier sentido, necesita de una planificación.

Lo primero era encontrar una tercera persona. David, un chico de Murcia, navegante a vela con su barquito, estudiando en New Orleans (si no recuerdo mal) nos iba a ir de perlas. Inglés perfecto, nos haría de traductor, y no había que hacerle un cursillo para ir en el barco. Para entrar en Estados Unidos teníamos que pedir un visado en el consulado en Barcelona. Fue lo primero que hicimos. Allá nos fuimos los tres, nos hicieron el papelito y empezamos con las listas de lo que necesitábamos y lo que no. De poco sirvieron. Una vez en el astillero todo era distinto a lo que habíamos imaginado. Salimos del aeropuerto del Prat e hicimos escala en Madrid. Casi nos quedamos sin David. Aprovechó el rato entre vuelos para ir a saludar a unos amigos. Le llamaron por megafonía un montón de veces y llegó con todo el pasaje dentro del avión y a punto de cerrar el embarque. Nos vamos.

 

Vuelo curioso. Nuestro viaje coincidía con la visita, después de un montón de años, del “Juan Sebastián El Cano” a Miami, y en el avión iba lo más granado de la prensa rosa. También iban los hijos del comandante del buque escuela. Después de las horas de rigor volando, comiendo y bebiendo, llegamos al otro lado. Nos recogió el Capitán JB (Javier), representante de la empresa que nos mandaba, y nos llevó directamente al hotel. Howard Johnson Lodge.

 

Sorpresa. El barco no lo había terminado el astillero y aún estaba en Clearwater. Había que ir a buscarlo allá. Después de unos días de “aventuras” de todo tipo en la costa este de Florida, alquilamos una Chrysler Voyager, metimos todos nuestros trastos en ella y por la tamiami nos fuimos para Saint Petersburg. Una autopista recta, sin curvas, sin cuestas, ni subidas ni bajadas, cruzando por Disneylandia, los Everglades, las reservas de los indios Seminolas y aburridísima de conducir. Llegamos de noche, cenamos en un fast food mexicano y a un hotel. No recuerdo cuál. La primera bronca fue en la autopista. Javier no quería parar para hacer un pipí y, hasta que no dijimos que nos meábamos en la camioneta, no paró. Tampoco nos dejó saludar a los alligators y a los caimanes.

Por la mañana nos presentaron el barco. Estaba sin acabar, lleno de operarios trabajando, pero sin terminar. Bueno, haremos turismo.

Cuando alguien decidió, salimos a hacer las pruebas de mar con el barquito. Todo iba bien pero aún faltaban retoques de astillero. Y una tarde cualquiera, con todos nuestros enseres a bordo, partimos para darle la vuelta a los Cayos de Florida y navegar hasta Miami, donde terminarían el barco.

En cualquier viaje, sea con el medio que sea, siempre pasan cosas. Nosotros no nos íbamos a librar. El gps no funciona. No importa, vamos a navegar muy cerca de tierra. Nada más salir de Clearwater, agua en la sentina. Dulce. Lo solucionamos con el tapón de una botella de vino. No pasa nada. Mientras navegábamos hacia el sur, los barcos pesqueros nos iban saludando. Pues no. Lo que hacían era avisarnos, lo supimos después, que nos íbamos a dar un porrazo. Bajos y poca profundidad. La suerte del principiante. No nos dimos ningún golpe contra nada.

 Key West, Cayo Hueso. Después de un sinfín de peripecias, aquí estamos dispuestos a cruzar hacia el Atlántico. Para hacerlo hay que adentrarse por un canal balizado, si no, ahí te has quedado embarrancado en la arena. Luz, palo, luz, palo en zigzag. De noche. Fondeamos. Garreamos. Susto. Motor en marcha y nos vamos. Miami nos espera. Por el camino vamos saludando delfines, otros animalitos y tormentas.

 Miami es exactamente igual que en las películas. Latinos, ocio, yanquis adinerados pasando la vejez y gastando pasta, y muchas y muchos modelos. La entrada al río para ir hacia MiamiBeach es toda una odisea. Luces y mas luces. Verdes, rojas, blancas, amarillas. Cuando estás acostumbrado a Europa, cuesta mentalizarse que están puestas al revés. A la entrada, verde a babor.

Entre unas cosas y otras, pasamos quince días en el paraíso del sol. Aquí, lo más importante son los aparatos de aire acondicionado. Sin ellos es difícil sobrevivir. ¿El barco ? Bien. Con el empecinamiento de Javier de que el problema del GPS era la antena , no hemos salido. Vamos tarde. La temporada de huracanes empieza el uno de Junio y para esa fecha ya tendríamos que estar en Azores. Sol, calor, cerveza y risas. Nos vamos. Intendencia completa y ganas. Nos han cambiado el GPS, Shipmate, está defectuoso y hay orden de fábrica de sustitución.

Dejamos a un lado la costa de Florida y navegamos rumbo a Bermuda’s.

Irwin 54, un buen barco. Concebido para largas travesías con todo el confort del mundo. Entre las cosas que lleva, lavadora, dos congeladores, neveras, aire acondicionado. Pero el diseño del casco es muy redondeado y tiene una tendencia tremenda a balancear. Debió ser una travesía tranquila hasta la isla de los pantalones cortos porque no me viene nada a la memoria que pueda destacar.

Islas de la Bermuda. Varios islotes que no levantan más que unos metros del agua unidos por franjas de arena. Hay que pasar por el sur. Da lo mismo que quieras ir a Hamilton o a Saint George. Por el sur. La parte norte, aún estando a treinta millas, con marea baja puedes embarrancar en montañas de arena que arrastra la corriente del golfo. En esta travesía se nos rompió el tornillo que sujeta el tensor del alternador. Al barco le añadieron un banco de baterías enorme y, por lo visto, cuando le pedían corriente a dicho alternador, la fuerza era tremenda y lo partía. Nos acompañó el problema hasta Barcelona. Qué decir de estas islas. Tremendas. Limpias, ordenadas, bonitas, pero sobre todo, carísimas. No hay presupuesto que aguante esos precios.

 

Al entrar a Saint George por un estrecho canal, te has de dirigir al muelle de espera. Recuerda izar la bandera amarilla, no llevas enfermedades ni nadie en mal estado, para que venga el médico el primero. Rellenas el formulario, vienen las siguientes autoridades, depositas las bengalas en capitanía, pagas los dólares de rigor y a buscar un lugar donde amarrarte. Nosotros en el mejor sitio del puerto. Suerte. Anécdotas de todos los colores. Cuando llegas al faro de Gibb’s Hill, en el suroeste de la isla, subes siguiendo la costa con rumbo NE para acceder al canal que da entrada a la bahía de Saint George. A medio camino nos encontramos, que barbaridad, un portaaeronaves de la armada británica. Estaban de maniobras. Nos acercamos. ¡Mira, está despegando un helicóptero! Tucutucutucu, hasta la vertical de nuestro barco y, muy amablemente, nos invitan a marcharnos de allí. Vamos, que nos echan. Pierdo uno de los zapatos náuticos en la maniobra de evasión. El que me queda ya lo echo yo al mar. Una mañana que llovía a mares nos acercamos hasta la oficina de correos a mandar un fax. Dios, como llueve. Con paraguas dentro mientras hacemos los trámites. Que manera de caer agua. Por la noche nos invitan los de la “army” a una fiesta en una especie de pub que hay detrás de correos.

 

Después de tres días, salimos. Nos espera el “Cafe Sport” en Horta.

Van a ser más de dos semanas de navegar sin ver tierra, solo algún que otro carguero, y de experiencias para contar. Este barco tiene bañera central cubierta por un toldo bimini cerrado por todos lados. Nos fue de maravilla. Nos pasó de todo. A David le encantaba estar todo el rato con la BLU (Banda lateral única) y el VHF, la radio normal que se usa en náutica. Llamaba a todos los barcos que salían en el radar o que conseguíamos ver a simple vista.

 ---“Cargo ship, cargo ship to sail boat bailarin”---

 Bailarín es el nombre que decidió usar Javier y con toda la razón. El barco no dejaba de balancear nunca. En una de esas conversaciones que mantenía con los otros barcos, después de hablar con ellos, sale y nos dice: deben ser chinos , todo el rato van diciendo “Tlopical stolm to extla tlopical stolm” Ves, vamos tarde. Ya la tenemos liada. Un ciclón, ANA, se nos viene encima. Con las informaciones de Rafael del Castillo y las del servicio de meteorología español a través de Madrid Radio, decidimos. Rumbo de componente sur para que nos pase por encima. No he visto en mi vida llover de aquella manera. Recuerdo el viento, mucho, pero los diluvios me impresionaron. Pero como todo, el ciclón pasó y nosotros seguimos. Con algún roto pero enteros.

 ¡¡¡Boooooum !!! Ha explotado la cocina. El radiólogo se ha bajado a preparar un té mientras nosotros arreglábamos un descosido en la mayor, y al ir a encender el fuego le ha explotado. A él solo se le han quemado las cejas, no ha pasado nada, pero la cocina ha quedado hecha trizas. La válvula de paso del gas que está dentro de un armario, por lo visto, pierde. La suerte es que la explosión ha ido hacia dentro del barco sin dañar el casco. Ni a David. En Azores haremos.

 Horta. Si no paras aquí viniendo de América, no eres un gran navegante. Todos, absolutamente todos los veleros que cruzan, paran en este puerto. Y buscan su rinconcito en las paredes o en el suelo de los diques para pintar un trozo y dejar constancia que pasaste por aquí. Y al Cafe Sport. O Peter’s Cafe, como queráis. El dueño no se llama Peter, ni el padre que fue el que lo abrió. Lo de Peter viene de cuando, años ha, los cableros empezaron a poner los cables submarinos que unirían Europa con América. El puerto de Horta está súper protegido. Delante, muy cerca, tiene la Isla de Pico con dos mil cuatrocientos metros de altura. Puerto ballenero. Antes las cazaban y ahora las “cazan” a fotos en excursiones. Como decía, los barcos cableros usaron el puerto para recalar y, como es normal, subían a comer al bar Sport. Y al dueño, por no complicarse la vida, le llamaban Peter.

Cuando hablas con la gente allá a donde vayas, siempre te cuenta cosas, historias, costumbres. A mi me encanta hablar con la gente. “Peter” me explicó muchísimas curiosidades. Unas en el primer viaje y otras en el segundo. Entre las cosas que me comentó es que por aquellos tiempos, cuando ponían los cables, las chicas solteras, para darles a entender a los marineros que estaban casaderas (lo que querían era que las sacaran a como diera lugar de allí), colgaban lencería de color negro en los balcones y ventanas. No sé si sería cierto pero me resultó muy gracioso y yo lo cuento. En Horta conocimos a Antonio “Das Mortes” y a su autopailot, como él llamaba a su pareja. Años más tarde, en un Salón Náutico de los que se hacían en Madrid en Ifema, su primo me dijo que a ella se la había llevado una larga y cruel enfermedad. Lástima. En unos poquitos días nos pasó de todo en aquel puerto. Fiestas, alcohol, policías, rotura de la marquesina de vidrio de una parada de bus al bajarse uno de la bicicleta en marcha dejando que se fuese sola a estampar contra ella. Café Sport, Clube navale de Horta….barcos de banderas diferentes y gente variopinta. Genial. Cena en el barco del gallego. Casco negro, palos negros. De noche no se ve ni haciendo un esfuerzo. Cada asistente ha de traer algo. Nosotros un atún enorme que sacamos con un curri. Y una botella de whisky. El cocinero de un barco francés nos trae a su ayudante. Ella. Al camarote de proa y que vayan pasando. Casi se carga a un brasileño jovencito. Cuando entramos a rescatarle estaba medio desmayado. Un tipo que no sabemos de donde es y que habla seis idiomas a la vez, no hay forma de entenderle, se nos desparrama por la escalera del tambucho. Cuando llega abajo no ha derramado ni una gota del gintonic al que sigue aferrado. Seguimos sin entenderle. Pero no nos podemos quedar aquí, hay que ir a Ponta Delgada, dejar a David en el aeropuerto, cosas de la universidad (después nos lo encontraríamos en Murcia navegando con su barquito de ocho metros y su novia) y recoger al propietario del barco que nos acompañará hasta la costa andaluza. Estepona. Después de parar en la Isla de Sao Miguel nos vamos para la península ibérica. Viaje tranquilo y apacible. El señor propietario nos “imparte” clases de economía. No debí prestarle mucha atención porque no aprendí nada. Soy pobre. Llegar hasta Estepona fue de una suavidad tremenda. Allá dejamos al propietario del barco, se fue al aeropuerto, y Javier y yo nos fuimos a Benalmádena. En aquel momento estaba considerada la mejor marina del mundo. Amarramos y nos fuimos a cenar a un restaurante de las afueras del puerto. Desde allí y tras bebernos todo el whisky que nuestros cuerpos aguantaron, emprendimos el regreso al barco. La mala suerte hizo que en nuestro camino se “cruzase” una fiesta andaluza. Sevillanas a todo volumen, manzanilla y trago tras trago hasta que nos echaron. El portero, al vernos llegar, nos preguntó si íbamos a la fiesta. Si. Pa dentro. No recuerdo como conseguimos llegar al amarre ni como logramos subir a la nao. Las evidencias eran unas pisadas marcadas en negro a lo largo de la maravillosa cubierta de teka. Uffffff…… Sin apenas dormir, era imposible, iniciamos la singladura a Barcelona.

 

 

 

 

 

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