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Barcos. Chismes que un tal Arquímedes hizo que flotasen.

Primero, el ser humano inventó la piragua. Con ella, también, inventó a los piratas. Con el paso del tiempo fuimos llenando los mares de cosas que flotaban y fuimos descubriendo otros lugares y otras gentes. Unas veces para bien y otras para mal. Y fuimos llevando los piratas por esos mundos como si fuesen un virus. Y pasaron los siglos y llenamos los mares de porquerías.

 

Desde el año 1990 he estado navegando, quizás, un poco más de 200.000 millas. He cruzado dos veces el Atlántico, le he dado la vuelta a España, a medio Mediterráneo, Grecia, Croacia, Italia, Sicilia, Cerdeña (parte de mi corazón está ahí ), Córcega, sur de Francia, Baleares con todos sus rincones. Conozco cientos de puertos y me han pasado miles de cosas. Me han sacado con un helicóptero de un barco ardiendo. He conocido lugares increíbles y gentes maravillosas. Mares en calma y mares enfadados. Barcos de todos los tamaños, a vela, a motor, a remos. Playas y chiringuitos. Pero, sobre todo, he conocido a amigos. De un rato, de un día, para toda la vida. No importa cuanto tiempo dura una amistad ni si tiene precio. Amigos.

Difícil explicar cada detalle, cada experiencia, cada aventura. En un prólogo que escribí en un libro de mi amigo Lluis Palomares, “Erase una vez un SUEÑO”, puse que la vida es ese ratito que va desde que nacemos hasta que nos morimos, y hay que llenarla. Y eso intento hacer cada día. Llenarla.

Quizás me deje muchas cosas en el tintero, no van a caber todas aquí, y, posiblemente, no me acuerde de muchas. Ni tampoco quiero hacer un tratado de navegación pues considero que nunca he sido un gran navegante. Simple y llanamente he tenido la gran suerte de poder navegar. Y eso es lo que quiero contar. Cualquier persona que le guste el mar puede navegar. No necesita ser Colón, ni conocer todas las estrellas del firmamento para situarse, lo único que necesita es poner esas ganas de barco a trabajar y, con ellas, los sueños.

 

A los siete años, en una revisión médica, descubrieron que mi ojo izquierdo había decidido ser vago y teníamos que arreglarlo. Lo consiguieron en San Juan de Dios en Barcelona (como me acuerdo de Mercedes, la enfermera que me cuidaba) y fue cuando nació en mi la obsesión por ver, por descubrir lo bonito que es todo en este mundo. Y eso conlleva viajar. Y he viajado y sigo haciéndolo.

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