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El café de los aeropuertos, excepto alguna honrosa anomalía, sigue siendo malo. En el de Barcelona, también. A las cinco y media de la mañana hay muy poca gente y mucho sueño. La ingesta del líquido negro no la salva ni el birrioso croissant con el que lo acompañamos. Malo de solemnidad. Es hora de marchar. Despegamos, volamos, aterrizamos, Italia, Pisa. Antes de agarrar el taxi que nos llevará a Carrara nos quitamos el mal sabor de boca con un "ristretto". Ésto ya es otra cosa. Al coche y de cabeza a la autopista. Llegando, a la izquierda, las famosas canteras de mármol que usaron los romanos y  que hoy en día sigue siendo un lujo. Montaña blanca cortada a dados como si estuviese hecha de terrones de azúcar.  Antes de llegar a la ciudad, nos desvíamos y nos dirigimos a "Marina 3B" (44º 4.484'N  009º 58.881E). Un pequeño puertecito dentro del río Magra. Nos esperan el vendedor del barco, el broker, el propietario y otro señor que no sé cuál era su cometido. Quizás ninguno. Por cierto, yo voy con el comprador. Tarea: revisión exhaustiva del barco, un Sarnico 50. Astillero italiano de una calidad extraordinaria. Nos pasamos la mañana investigando hasta el último rincón. Todo en orden. Cada interruptor, cada cable, grifo, maneta, lo que sea, lleva una etiqueta que nos dice qué es y para qué sirve. El armador es un personaje curioso. Alemán, con domicilio en Mónaco y con el barco en la costa Ligure. El hombre es muy cuidadoso. La única rayadita que hay en los muebles del interior la ha marcado con un post-it para que la viésemos. Él se hace el mantenimiento y el bricolaje y lo tiene todo en perfecto orden de revista. Está impoluto. Revisamos papeles y volvemos a ponerle el nombre pegado en la popa. Hora del pranzo, del almuerzo. En Italia, la comida del mediodía es bastante antes que en España. Allí mismo, en el local de la marina, nos dan de comer. ¿Qué comemos? Pues eso, pasta. Volvemos a revisar el barco. Otra vez detalle tras detalle. Todo correcto. Se acerca la hora de irnos. El alemán se presta a sacarnos el barco hasta la desembocadura del río. Parece que hay que llevar mucho cuidado con los arenales que se montan, siempre cambiantes. A él lo dejaremos en "Boca di Magra", un puerto pequeñito que hay justo al llegar al mar abierto. Nosotros seguiremos. La idea es, con dos paradas, llegar a Palamós y de allí a Baleares. Aceleramos. Un poco más de 25 nudos de crucero. Suavidad total. Rumbo, hacia Port Garavan ( 43º 46.976'N  007º 31.108'E), Mentón. Unas 110 millas. Decidimos ese puerto por lo práctico. Pequeño, de muy fácil acceso, con el servicio de carburante en el mismo muelle de llegada, con restaurantes a pie de pantalán. Entrar en Mónaco es un engorro. Amarramos y disparados a "Chez Mamy Manou" ( 22 Terre Plein de Garavan, Menton) . Ya había estado antes. Genial. Negocio familiar de trato maravilloso. Cenamos y a dormir. Por la mañana cargaremos gasoil bien temprano y partiremos hacia uno de esos paraísos que posee el Mediterráneo. Porquerolles (43º 0.346'N 006º 11.900È). Dejamos a estribor el Principado Monegasco y a más de 26 nudos recorremos el litoral de la Riviera francesa. Nice, Cannes, Antibes... son los primeros días de agosto y los días aún son largos y calurosos. Llegamos a la isla un poquito antes de que el señor Sol se esconda por poniente y se vaya a saludar a los del otro lado.

 

Las islas de Hyères son cuatro islas delante de la ciudad de Hyères, en el SE de Francia. Port-Cros, parque nacional y reserva ornitólogica.  île du Levant, de uso militar, y la isla de Bagaud, parque nacional y de acceso prohibido.  La principal es Porquerolles y su puerto. Desde ahí van y vienen continuamente barcos y mini ferris hasta tierra continental. Cuando navegas por esa zona hay que tener mucho cuidado con el tráfico de barcos. Desde el Golfo de Saint Tropez hasta las islas, estad atentos, siempre se ven ballenas. Además, si tu destino es hacia poniente, ese trayecto te dirá cuando hay tramontana un poco más allá y si es muy intensa. Es el último punto donde repostar antes de internarse en el temido Golfo de León. Yo siempre reposto ahí. El carburante está al mismo precio que en los puertos continentales y te ahorras unas millas. Si vas a vela ganas tiempo, y si vas a motor, ahorras unos dinerillos. La entrada a puerto es muy fácil. Hay un canal balizado con boyas muy ancho que empieza, más o menos, a una milla escasa de la bocana. Al entrar, de frente, desde hace poco tiempo, han montado unos pantalanes nuevos para amarrar que, aunque no tengan ni agua ni luz, son una gozada para pasar la noche. Anchos y tranquilos. Si llegáis a última hora de la tarde disfrutaréis de atardeceres tremendos. Si al entrar a puerto giráis a babor, hay un pantalán un poco destartalado para barcos en tránsito con servicios de agua y luz. Enfrente, el dique de la gasolinera con las oficinas del puerto, los lavabos (pedid la clave en la oficina) autolimpiables y la terminal de los ferris que traen gente a todas horas. Desde aquí se sale hacia el pueblo paseando encontrándoos una oficina de turismo y unos lavabos. Por vuestra salud, no los uséis. El pueblo es muy pequeñito y en él puedes encontrar todo lo que necesites para pasar un día genial. Tiendas, bares, restaurantes, iglesia, hotel, ayuntamiento. Todo alrededor de una inmensa plaza.  Obviamente el parque de vehículos es irrisorio. Para las excursiones puedes alquilar bicicletas en varios sitios. Mi recomendación, andando y sin prisas. 

 

Cenamos en "Le Pélagos", en la Place d'Armes, y nos vamos a dormir. Por la mañana hemos de repostar y salir cuanto antes. Pese a lo temprano que es ya hace bastante calor. La teka de la bañera ya quema lo suyo. Mientras repostamos reviso niveles y, por enésima vez, cómo está todo. Bien. Hay un trajín tremendo de barcos de todos los tamaños que quieren repostar o salir de puerto. Si le sumamos los ferris, ya no te cuento. Desde primera hora es un desmadre. Listo. Nos vamos. Día radiante. Ni una nube, Sol de gala sin viento y con el mar como si estuviese durmiendo, completamente quieto. Traje de baño, gafas de sol y cremita para no quemarse. Se nos pegan al costado unas chicas con una lancha y nos preguntan si nos vamos con ellas a fondear. No podemos, nos esperan en Palamós. Pasamos entre la isla de Langoustier y la de Gran Ribaud. Muchos barcos, como nosotros, con rumbo a poniente. A estribor, un poco más allá, Marsella, y antes, las Calanques. 26 nudos. Piloto automático. una hora. Vamos adelantando a veleros que llevan el mismo rumbo que nosotros pero más despacio. Se nos cruza un submarino que, imaginamos, vuelve a su base de Toulon. Este barco de 15 metros es abierto. Es como una lancha pero a lo grande. Me voy al camarote de popa y dejo al propietario sólo a los mandos con una cervecita y una gorra puesta. Cinco minutos, no pasan más, y me llama. ¿Hueles a quemado? Si. Hay humo. Poco. Bajo al salón. A estribor está la cocina y encima todo el cuadro eléctrico. A través de la vitrocerámica se ven algunas llamas abajo. ¡¡Ostias!! Extintores. Los descargamos intentando que entre hacia el fuego por las rendijas de los muebles. Va a más. Se está llenando la camareta de un humo negro espesísimo. Estamos dejando de ver y, sobre todo, de respirar. Tenemos que salir a la bañera. No han pasado más que unos momentos y ya no podremos volver al interior. Los motores siguen en marcha. Los paramos porque ya no funciona ningún aparato electrónico. Lo peor es que no va la radio, no podemos activar el distress, ni tampoco podemos acceder a la radio baliza. Las llamas se están haciendo las dueñas envolviéndolo todo. Calma. Las prisas, dicen, son malas consejeras. Vamos a hacer las cosas bien. No vamos a poder apagarlo y estamos a unas cuarenta millas al SW de Marsella. Lo primero que hay que hacer es priorizarnos. Nosotros somos lo más importante y es lo que tenemos que salvar. El barco se va a perder. Chalecos y la balsa salvavidas al agua. Montones de veces he oído de propietarios lo carísimo que es revisarlas. Cuando estás en una situación en la que vas a tener que abandonar el buque quieras o no, de verdad, no te parece nada caro. La hinchamos. Como siempre, lo hace del revés. La suerte es que lo hacemos en la plataforma de baño y resulta muy fácil darle la vuelta. La atamos a un pasamanos de popa. El fuego avanza de proa hacia atrás devorándolo todo a una velocidad espantosa. Nuestra ropa, los teléfonos, todo, está en la camareta y ahí se quedarán. Oímos crepitar el barco. Mientras flote, el barco es el lugar más seguro para estar. Empieza a salir humo por los respiraderos de la sala de máquinas. Ya ha llegado a los motores. Que pena. Sin teléfonos y sin poder avisar a nadie, nos queda la columna de humo negro que se alza recta hacia arriba, sin desviarse, un montón de metros y la tranquilidad de saber que hay otra gente a la que hemos adelantado y que nos alcanzará en unas cuantas horas. Paciencia. El humo nos ha irritado las gargantas pero va a ayudarnos a que nos encuentren. Varios miles de litros de gasoil en los tanques. Si no revientan por presión se convertirán en una tea de dimensiones brutales. Oímos como se disparan los extintores automáticos de la sala de máquinas. Ya no podemos movernos de donde estamos. A lo lejos vemos una avioneta. Nos pasa por encima. ¿Nos habrá visto? Cinco minutos más tarde vuelve a pasar, esta vez para iniciar un vuelo circular alrededor nuestro. La tercera pasada la hace casi a ras de mar haciendo gestos con la mano. Nos ha visto. Algo explota dentro de la sala de máquinas. Momento de meterse en la balsa salvavidas. El cabito sigue uniéndonos al barco. Nos separamos unos metros por precaución. Las llamas están llegando a la plataforma de baño. Es hora de soltarnos. Con los remos, nos separamos unos 50 metros. No podemos irnos muy lejos, el humo negro es nuestra bengala. Seguimos en medio de un día radiante. Se oyen detonaciones y un crepitar constante. A mi me parecen gritos de dolor del barco, que sabe que es su fin. Sabe que ésta ha sido su última singladura y que en unas horas, o minutos, yacerá en el fondo del Mediterráneo llevándose con él los recuerdos, las alegrías, la añoranza de puertos y fondeos. No conocerá mas islas, ni más playas, ni compartirá momentos maravillosos, ni puestas de sol. Lástima. Pasa el rato mientras observamos al pobre barco consumirse devorado por unas llamas enormes en medio del calor veraniego y sin una brisa que refresque algo. A lo lejos se ve la proa de un carguero. Está muy lejos pero seguro que viene hacia nosotros. ¿Has oído? Parece el motor de un helicóptero. Tucutucutú. Cada vez más cercano. Diríase que se han puesto de acuerdo el carguero y él pues llegan al mismo tiempo. Suspendido encima de nosotros, baja uno de los rescatadores con el cable. Nos hace cambiar de chaleco y me da las instrucciones para que me puedan subir. Hay que saltar al agua. Él se queda con el propietario en la balsa explicándole lo mismo que a mí y preparándole. Noto como me estira el cable hacia el cielo en medio de la ventolera provocada por las aspas. Mientras subo contemplo el barco y me despido de él. A unos metros está el carguero, completamente parado, esperando que acabe el rescate para poder poner máquina y seguir su rumbo. Llego arriba, me suelto del acero salvador y me siento, aliviado. El cable vuelve a bajar a por mi compañero. Veo como salta al agua y hace el mismo recorrido que yo. La tercera bajada es para que suba el rescatador. Nos vamos dejando atrás la que quizás es la peor experiencia que te puede pasar en un barco. Siempre he dicho que me da mucho miedo caerme al agua. Ahora no se qué es lo peor. Nosotros hemos tenido mucha suerte. Se ha juntado el día y la climatología. Mediodía de verano. Ni viento, con el mar plano y agua a buena temperatura. Una de las cosas que he aprendido es que hay que tener mucha calma. Tienes que pararte a pensar y priorizar. Tú eres lo más importante. Tú y los que van contigo. Media hora. Sobrevolamos las islas Hyères y nos dirigimos a la base, al lado del aeropuerto. Policía, sanitarios, interrogatorio, ambulancia... al hospital. Gotero para hidratarnos y una sarta de pinchazos en arterias para detectar cuanto humo hemos tragado. Cuatro horas y nos mandan para casa. Viene un amigo del propietario desde Girona, cenamos y emprendemos viaje a casa. Chanclas, camiseta y nada más. Todo se lo ha llevado el barco como recuerdo. 


Sarnico 50. Sarnico 50.

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