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Bavaria 40

Hemos salido de Barcelona Manel y yo. En Mahón recogeremos a Xavi y a Lluis. Genial. Cenamos en Can Nitu. Gambas a la miel que nos provocan unos lagrimones como puños. De lo que acompañó a aquellas gambas no tengo ni el más mínimo recuerdo. Uf. Inolvidables. Lástima, han cerrado el restaurante. Salimos tempranito con rumbo 90. Por delante tenemos 194 millas para llegar a Cabo Caccia. Muy poco viento entre popa y través y el motor en marcha con una ola de mar de fondo que nos empuja con bastante corriente a favor. Sin incidencias. En un visto y no visto nos plantamos en Alghero. Marina di Sant’Elmo. Amables es poco. Como nos da tiempo para ir a comer, ducha y a “La Sartoria del Gusto”. Nos lo ha recomendado Daniele. Lluis pide unos calamares y nosotros atún. Majestuoso. Los calamares de lo más normal. Como los de casa. El atún, para subirlo a los altares. Para hacer la digestión nos vamos a pasear. Cena, copita y mañana será otro día. Los compis se vuelven a Barcelona unos días y regresarán para hacer el viaje de regreso. Después de unos días por la isla, hay que volver, no hay nada eterno. Motor en marcha y al poste de gasoil. Ojo con el carburante en Alghero, suele estar bastante sucio y dar problemas. Sin prisas. Allí conocemos a una pareja, una escritora y su marido, que llevan un montón de tiempo dando vueltas por el Mediterráneo. En la maniobra de abarloarnos a ellos, al lanzarles un cabo, le mandamos a la escritora las gafas al fondo. Lo suplimos con un intercambio de galletas y de tarjetas. Tanque lleno y arrancamos. Por delante un poco más de doscientas millas. Vamos a ir directos a El Masnou. Travesía plácida hasta que aparecen unos nubarrones negros por proa. Los partes méteo no eran maravillosos pero tampoco eran malos. La negrura nos va envolviendo. Lo recogemos todo, dejamos un poquito de mayor y seguimos a motor intentando esquivar el nubarrón. No podemos, nos agarra sin piedad. Un GROP. Una galerna. La tormenta nos zarandeará cerca de 12 horas. A nosotros y a todos los que están por la zona. En una de las rachas, la bandera parece almidonada, ni siquiera cimbrea. Con un barco tan plano decidimos correr el temporal en lugar de liarnos a pantocazos contra él para intentar no romper nada. De noche no conseguimos ver las olas. Nos atrapan por popa y nos hacen planear hasta la siguiente. ¿Hacia dónde vamos? No sé, hacia donde podemos. Cuando ésto ha empezado estábamos a 70 millas de puerto. Cuando acabe estaremos a la misma distancia pero al otro lado de Barcelona. Por la radio oímos un mayday. Lo repite sin descanso hasta que contesta Salvamento Marítimo. Les pide datos que no le dan. El que habla está muy nervioso y es difícil entender las explicaciones. Lleva niños a bordo y tiene miedo por ellos y por él. Le piden que active la radiobaliza para poder hacerles un seguimiento pero el hombre no da pie con bola y no lo hace. Le explican que con el temporalazo no pueden ir a rescatarles y le vuelven a preguntar, por enésima vez, si hay algún herido o algo roto en el barco. No. Al día siguiente, cuando ya haya calmado la cosa, nos enteraremos de que es un barco con base en El Masnou y que, sin darse cuenta, entre olas y tumbos, cruzaron la tormenta de frente y acabaron en Arenys de Mar. Nosotros no, nosotros estuvimos toda la noche en guerra.


¡¡ Una bengala !! Llevamos un barco a unos cuantos metros por nuestro babor. No es una bengala Lluis, es la luz de motor que sube y baja con las olas y la lluvia hace
que lo parezca. Tal como apareció dejamos de verlo. Xavi y yo vamos sentados en popa, uno en cada rueda. La intención es que no nos despistemos, tenemos Mar Gruesa y en cualquier momento nos puede cruzar el barco y hacérnoslo pasar muy mal.

 

Hace un montón de años, en una regata Conde de Godó que organiza el Real Club Náutico de Barcelona, un navegante muy conocido me dijo, literal, que los barcos se llevan con el culo. Sentado en la popa tu cuerpo nota absolutamente todos los movimientos, todos, los que hace la embarcación. Nosotros no vemos nada. De noche no veíamos las olas, sólo las notábamos, y era la forma de saber qué hacer. Teníamos que gobernar sentados.


Llevamos todos un traje de agua y los chalecos. Este Bavaria tiene una plataforma de baño muy grande que sube y baja formando parte del espejo de popa cuando está recogida. Obviamente,entre los bordes de dicha plataforma y el casco hay una rendija, solo rota por las bisagras. Plof. Ha estallado una ola contra la popa. Pasa el agua por encima de nosotros y entra por esas rendijas a una presión bárbara. El agua nos entra a toda velocidad por la parte de abajo del pantalón en una carrera ascendente, subiendo por él, pasando por la chaqueta y saliendo por el cuello. Jajajaja. Unas risas en esas circunstancias son una gozada. El agua ha entrado hasta el salón y lo ha dejado todo empapado y con todos los papeles que ha pillado flotando. Y así, tras una noche de bandazos, hemos aparecido viendo las costas de Tarragona y la sombra del Delta del Ebro. Ponemos rumbo a nuestro puerto. El Masnou. Cansados, empapados y hambrientos. Es amarrar el barco y echar a correr, a las cuatro y pico de la tarde, al Punyetetes, nuestro “cuartel general”, y zamparnos unos huevos estrellados, solomillos, vinitos, cafés y chupitos.
En esas más de doce horas en las que estuvimos peleando con el Mediterráneo y el viento, pasaron muchas cosas. Lo mejor es que saimos indemnes de una situación que no habíamos calculado. Quizás, viendo los partes, podíamos haber imaginado que existían grandes posibilidades de que nos pillase algún chubasco, pero no un"grop".


Visto desde la perspectiva que da el tiempo, algunas de las cosas que hicimos no las haríamos ahora. Lo que si aprendimos es que hay que tener calma. Estudiar la situación, tomar decisiones y mantener un orden. Llevar los temas de seguridad a extremos casi paranóicos. Sobre todo tienes que controlar la situación en la que te has metido. Los barcos son nobles, aguantan mucho más que nosotros, y, si no les fuerzas, te protegen. El Bavaria 40 en el que íbamos es un buen barco pero está concebido para ir de vacaciones. Son muy planos por debajo y muy grandes por dentro. Nosotros optamos por no arremeter de proa contra las olas. Hubiésemos destartalado todo a base de pantocazos. Lo intentamos y salíamos volando tras el paso de cada una de ellas. Olas bastante altas, a una velocidad endiablada y empujándose unas a otras. Muy poco tiempo entre crestas. Siempre he pensado que en el mar no se puede tener prisa y que, lo más importante, es navegar de la manera más cómoda y menos peligrosa posible. Y eso hicimos, navegar.

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