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Valentín, un amigo, me pide si le puedo chequear y controlar la entrega de un Astinor que ha comprado en Vigo y que aún no se lo han terminado. Es un 15 metros. Lo han cortado por la mitad para poder ponerle un sonar y han modificado todo el espejo de popa para poder darle giro a una “silla de combate” para poder ir a pescar piezas grandes. Para ello me llevo a un amigo mecánico de Ibiza, Jaume, que me ayudará. Él sabe mas de motores que yo. Muchísimo más. Colas IPS de Volvo. Cuando llegamos ya está montada la “tuna tower” pero al barco aún le falta mucho. Con los días montarán y desmontarán todo el barco varias veces. La electrónica, los muebles. Los carpinteros, al taladrar un montante en la puerta de popa del salón, se cargan el cableado que sube al flybridge. A desmontar todo otra vez. Pantallas de 17 pulgadas, dos arriba y dos abajo, con lo último de los programas de navegación en ese momento. Pasan los días y aquello no avanza. Malo. Mi amigo y su señora se han de volver para Barcelona. Ya llevaremos nosotros el barco. La aventura empieza a convertirse en algo surrealista. Los días que estuvimos allá íbamos a comer con los trabajadores del astillero. Uno de los días, el de la electrónica, aparece con todo un personaje. Un amigo de Antonio “Das Mortes”, al que conocí en Horta. Me cuenta lo inimaginable y lo que no se puede contar. Me habla de historias que solo pasan en las novelas o en las películas. Barcos recogidos en el sur de Inglaterra, desarmados por el camino y con “encuentros” en alta mar con otros barcos. A ratos pienso que es la “tostada”, un orujo de hierbas oscuro que nos bebemos como agua. Algún tiempo más tarde, me volverían a hablar del personaje en un astillero del NE de Cerdeña. En el barco trabajan todos a la vez. Los echamos a todos y nos vamos a probar el barco hasta Bayona, comemos allá y regresamos al astillero. No podemos esperar más. Hacemos que nos carguen en el barco todo el material aunque esté por montar. Cañeros, elementos de seguridad, todos los carretes eléctricos. Todo. Nos vamos. Fuerza 5. Esquivamos bateas de mejillones, barquitos que van y vienen, dejamos las Cies por estribor y nos disponemos a bajar la costa de Portugal sin problemas. Parada para repostar, Porto. Pues no. Le digo a mi amigo y mecánico que baje a mirar cómo está la sala de máquinas. Baja y sube. Llena de agua. Más de un palmo. Nazaré. Puerto, no había entrado nunca, con posibles dificultades en marea baja. Entramos en alta sin problemas y nos abarloamos al primer muelle no pesquero que podemos. Por la mañana viene a decirnos buenos días una foca. Montones de gente en los muelles y cámaras de televisión.   Tapas de motores abiertas, bombas de achique a trabajar y a controlar el agua que entra. Los barcos que montan colas IPS me dan repelús. Si cede un tornillo de la base se te puede ir el barco al fondo en un suspiro. No entra nada de agua. Misterio. En el trayecto descubriremos que al haber retocado toda la popa, cuando pusieron la plataforma de baño (es añadida), al iluminado que la puso se le olvidó el pequeño detalle de poner silicona en los tornillos que la fijan. Navegar las costas de Portugal hacia el sur supone llevar una ola alta y larga que te empuja por la popa. En cada ola entraba el océano entero. Unos días más tarde, localizaremos más entradas de agua. Esta vez por los cristales laterales de la cabina. Como la moda es no llevar marcos, los montan pegados con sikaflex. Agua a mares. Las olas nos suben y bajan. Unas veces vemos tierra y otras agua. A los otros barcos con los que nos cruzamos les pasa igual. Aparecen y desaparecen dependiendo de nuestra posición en la ola. Como llevamos unos tanques de carburante enormes, no paramos ni en Lisboa, de un tirón a Marina de Lagos. Entrada, papeles, gasoil, amarre, baldeo, ducha y al pueblo a cenar. Ambientazo. Próxima parada, Puerto América, Cádiz. Ventolera en el Estrecho. Me llevo al mecánico a ver la Tacita de Plata. Es uno de esos lugares al que hay que volver una y otra vez. En la explanada del puerto, aparte de talleres, un edificio sin terminar enorme, unas oficinas en unos módulos, hay un chiringuito. Unas veces he comido de maravilla y otras me he arrepentido. Esta vez cenamos pescaito de la bahía con una botellita de Barbadillo. Peligro. Te convierte en súper-héroe. A la pregunta al del kiosco de si tiene Cardhu para hacer unos chupitos, nos da la respuesta que nunca se ha de dar: no te lo acabarás. Eso no se hace, trae. Acabamos los tres cantando, o eso creo. Jaume, mi compinche arreglamotores, baja la rampa hacia el pantalán a gatas. Vigilo que no se me vaya al agua. Dos días de viento nos mantienen paseando por Cádiz. Que maravilla. Y, por fin, Eolo nos deja salir hacia Tarifa. Parada en Barbate para llenar combustible, aprovecho y hago una cervecita con “manolo G” del Foro La Taberna del Puerto, y nos vamos a dar la vuelta al peñón inglés, o no inglés, y a afrontar una travesía tranquila hasta Arenys. Una sola incidencia que nos hace entrar en Torredembarra. En el Golfo de Sant Jordi, debido a la ola cruzada que provoca un “mestral” moderado, y a nuestra velocidad, nos sube mucha agua a la cubierta y nos entra por la ventana de babor. Mucha. Huele a quemado. A puerto. Levantamos la tapa del salón y el inverter está empezando a querer arder. Le quitamos todos los cables, todos, y lo enfríamos con agua. Ha ido justo. Al llegara Arenys nos vamos a comer con Valentín al club.

 

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